Si nombro a Roberto Iniesta a más de uno le vendrán a la cabeza Puta, Su culo es miel, o Golfa. Pero hoy vamos a dejar de lado estas maravillosas composiciones poéticas-musicales, para llegar hasta un trabajo más literario, su primera y única novela.El viaje íntimo de la locura (2009) es una narración especial. Así lo he sentido después de su lectura. Si te esperas encontrar algo relacionado con su particular rock, olvídate. Y digo especial porque nada tiene que ver con las letras que el Robe escribía para Extremoduro y para su posterior andadura en solitario.
El protagonista
Don Severino ha perdido toda confianza que tenía en el orden de la vida y se ha trasladado a un estado mental más cercano a la locura que a cualquier otra situación. Pero es una locura reflexiva que le hace cuestionarse todo cuanto conocía, a la vez que transporta al lector a la reflexión principal: ¿merece la pena vivir una rutina imperturbable y perderse lo que la vida tiene de importante? El protagonista se da cuenta de que nadie le echa en falta, que no ha dejado huella en su entorno, y llega a la conclusión de que su pulcra existencia no le ha aportado nada en sus cuarenta y cinco años. Porque la vida es ante todo eso, vital. Y él no la había entendido hasta entonces así.No es una obra de acción, tampoco es una historia espectacular, simplemente es un canto a la vida y a los placeres más básicos que esta nos brinda y muchas veces no sabemos apreciar.
Dice el Robe que «no es una novela para leer porque te interesa mucho lo que va a pasar en la página siguiente, sino que es una novela para leer despacio». Tiene toda la razón. Prácticamente no hay nada sucio en esta historia, sino que es un canto a la ternura más primaria del ser humano, a como los sentimientos embargan un cuerpo que parecía no haberlos tenido nunca. La razón de la existencia viene dada por la locura y esto requiere que hagamos una pausa, un ejercicio de asimilación sobre cómo se ha de vivir para no llegar al final sintiendo que no se ha vivido lo suficiente.
Aparte de don Severino hay unos personajes que pululan por toda la obra; muy de vez en cuando aparecen de manera estelar para dejar también grandes reflexiones sobre la existencia. Son unas lombrices. Sí, unas lombrices de tierra. Este recurso es uno de los que más llaman la atención, ya que son unos seres insignificantes, a los que nadie tiene en cuenta, los que aportan una carga metafísica tremenda. Acercan al lector a una nueva metáfora: muchas veces son aquellos a los que no prestamos atención, los invisibles, los que pueden aportarnos gran sabiduría y sentimiento. Sería algo así como la intrahistoria de la que hablaba Unamuno, la historia de los invisibles, de los que no son reyes, ni presidentes de gobierno, pero forjan y mantienen día tras día la vida real.

Solamente te recomiendo la lectura de El viaje íntimo de la locura si vas a tener el tiempo suficiente de leerla sin prisas, disfrutando de cada párrafo y tratando de entender que bajo la aparente sencillez de sus líneas hay un rico espectro de metáforas que tratar de entender y asimilar, disfrutando de todo esto que el autor quiere transmitir a través de ellas.
«Y eso es justo lo que siente al recordar, igual que si fuera la vida de otro o como se recuerda una película, su anterior vida: que no llegó a usarla. Quizá sea por eso por lo que no quiere dejar de usa la que tiene ahora [...]»
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